El encuentro fue al doblar la esquina.

Me pareció que no me recordaba.

Su expresión indiferente fue la de una desconocida.

Llevaba en sus manos rosas amarillas como el color de su abrigo.

El viento agitado que se movía entrando del Zócalo, le desordenaron la cabellera.

Con un leve y agraciado movimiento, volvió a dejarlo como lo traía peinado.

¿Qué hacía por este lugar, no propio para su clase?

Era extraño, al mismo tiempo, intrigante.

Alcancé a decirle, de manera irreflexiva, no lo pensé.

-Elicita.

Se detuvo.

Se pasó la mano por los cabellos, sonrió y dijo, como despejando recuerdos:

-Octavio.

Tienes que ser tu…

Nos miramos uno al otro.

Nerviosa puso las rosas en mi pecho.

-Son para ti.

Las rosas, sostuve con mis manos, y la vi alejarse.

De vez en vez, volviéndome a ver.

Hasta que desapareció perdiéndose, de nuevo, en la ciudad de México.

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