Año 1899

Viajábamos navegando por el río Motagua. La corriente era fuerte, pero se percibía muy calmada.

El pequeño buque pluvial de madera, era de apenas 2 yardas de eslora.

Sobre cubierta una pequeña cabina de mando y bajo cubierta dos camarotes con literas de dos niveles cada uno. Cocineta al fondo, una pequeña mesa y tres bancos.

El barquito se abría paso -en el silencio- por los lugares donde pasaba. Chito el capitán, un viejo enjuto de poblado bigote no dejaba de mascar copal. Su vestimenta era un pantalón negro de casimir y una percudida camisa sin cuello, sombrero de petate y una lengua procaz.

El viaje fue cálido, aburrido y miserable, no había que comer.  Solo chicharrones duros y tortillas frías. Café helado y moscas qué no dejaban de zumbar sobre la cabeza.

Emilia, somnoliente, salió a tirarse sobre costales sucios en la cubierta (sin quitarme, disimuladamente, la mirada) para ver si yo me daba cuenta. El calor sofocante la tenía semidesnuda. El escote a la orilla de sus senos y el vestido arriba de sus piernas. Era hermosa…

Chito, el capitán, quien llevaba el timón, me gritó:

-Que esa mujer se cubra, o nos vamos a ir hacer mierda…

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