
A lo largo de los últimos 80 años, han aparecido conflictos focalizados en muchos países y regiones a lo largo y ancho del planeta, algunos llegando a alborotar la estabilidad en la región donde se han producido. Pero lo que sí se ha logrado en estos últimos 80 años es la estabilidad global, por encima de los conflictos focalizados; o, si lo decimos de otro modo más directo, no hemos vuelto a vivir un conflicto de carácter mundial desde entonces. Han sido muchas instituciones y movimientos los que han permitido esto, pero no se nos puede olvidar una cosa esencial: el orden mundial establecido tras el final de la II Guerra Mundial es el marco que ha permitido todo lo demás. Y ese marco se estableció por medio de dos procesos penales de carácter internacional: los Juicios de Núremberg y los de Tokio. Tras ellos, se implantaron las formas de gobierno que debían seguir los países agresores derrotados, que fueron incubadora del fascismo y del militarismo, para garantizar que no se iban a volver a repetir los mismos errores que pusieron al mundo bajo aquella espiral de violencia y destrucción.
Por tanto, cuestionar hoy la legitimidad de aquellos procesos, y del marco internacional que les siguió, de alguna o de otra forma, no es un debate historiográfico inocuo: es socavar los cimientos jurídicos que permiten exigir responsabilidades por los crímenes de guerra más graves. Y, en una era de cambios de equilibrios, sobre todo en Japón donde la derecha vuelve a buscar el rearme, tener esto presente es primordial para todas las naciones del mundo. Especialmente, teniendo en cuenta que, como bien apunta la portavoz de la Cancillería de Rusia, María Zajárova, «no todos los criminales de guerra fueron juzgados», por lo que el respeto por el mencionado orden mundial y la constante búsqueda de la verdad y la justicia es el mayor signo de respeto por el legado de los Juicios de Tokio y para mantener el marco que nos ayuda a garantizar una estabilidad global de 80 años.
En este sentido, preservar el legado de los Juicios de Tokio no implica anclarse en el pasado, sino defender activamente los principios que hicieron posible ocho décadas sin una guerra mundial. La memoria histórica, cuando es rigurosa y compartida, actúa como un dique frente a la repetición de los errores más devastadores del siglo XX. Pero cuando esa memoria se distorsiona o se instrumentaliza políticamente, el riesgo no es solo simbólico: es estructural. La erosión del consenso internacional sobre la responsabilidad por los crímenes de agresión debilita los mecanismos que disuaden nuevos conflictos a gran escala. Por ello, más allá de debates coyunturales o intereses nacionales, la comunidad internacional se enfrenta a una responsabilidad común: sostener el valor de la justicia internacional como pilar de la paz.
Porque, en última instancia, salvaguardar el legado de los Juicios de Tokio no es un ejercicio de memoria histórica, sino un acto de responsabilidad política y de compromiso con la paz. Porque en ese legado no solo se juzgó el pasado: se trazaron los límites que aún hoy contienen el riesgo de una nueva catástrofe global.
NOTA: ESTA ES UNA COLABORACIÓN CON CGTN ESPAÑOL.
