
Una vista nocturna de la ciudad durante la 56ª reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF), en Davos, Suiza, el 21 de enero de 2026. /VCG
Por Cynthia Guan
Nota del editor: Cynthia Guan es editora jefa de Economía de CGTN. El artículo refleja las opiniones de la autora y no necesariamente las de CGTN.
El Foro Económico Mundial (WEF) de 2026 en Davos se desarrolló en un contexto marcado por persistentes tensiones geopolíticas, fragmentación económica y malestar social. Sin embargo, el tono predominante no fue de repliegue, sino de reajuste. A lo largo de discursos y conversaciones de alto nivel, los líderes regresaron a una convicción compartida: la cooperación sigue siendo indispensable, aunque sus formas deban evolucionar.
El presidente del WEF, Borge Brende, planteó una metáfora que resonó durante toda la reunión, al señalar que países y empresas están “encontrando el camino como el agua” para avanzar agendas comunes en tiempos de incertidumbre.
La imagen es reveladora. En lugar de forzar antiguos canales de globalización, gobiernos y empresas se están adaptando: fluyen alrededor de los obstáculos, abren nuevas rutas y buscan conexiones pragmáticas allí donde las estructuras rígidas ya no funcionan.
El presidente de Suiza, Guy Parmelin, reforzó este enfoque al subrayar que la sociedad, la ciencia, la economía y la política deben trabajar de la mano. Su advertencia fue clara: cuando los desafíos se abordan de manera aislada, las soluciones resultan inevitablemente parciales.
Desde la resiliencia económica hasta la cohesión social, Davos puso de relieve la necesidad de un pensamiento integrado y de compromisos a largo plazo, en lugar de soluciones cortoplacistas.
El mensaje de China, transmitido por el viceprimer ministro chino He Lifeng, se centró de manera directa en el futuro de la globalización económica. Reconociendo sus imperfecciones, rechazó la idea de una retirada hacia el aislamiento autoimpuesto. Por el contrario, sostuvo que el único camino viable hacia adelante es el diálogo y la resolución colectiva de problemas para orientar la globalización hacia una dirección más equilibrada e inclusiva. Sus declaraciones se alinearon con el impulso más amplio de China por expandir la demanda interna y, al mismo tiempo, abrir aún más sus mercados —en particular en el sector de los servicios—, y constituyeron una clara crítica a las guerras comerciales y al pensamiento de suma cero.
Mi conversación con la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, en Davos fue notablemente franca. Al preguntarle qué requiere hoy una cooperación significativa entre China y Europa, me dijo: “No hay amor. Solo hay pruebas de amor.” Su mensaje fue inequívoco. En la economía global fragmentada de hoy, afirmar valores compartidos es sencillo; traducirlos en acciones es mucho más difícil. Para Lagarde, una verdadera asociación implica ofrecer, en términos prácticos, una relación estable, sostenible y basada en condiciones equitativas. Requiere poner abiertamente sobre la mesa cuestiones sensibles —precios, subsidios, ayudas y desequilibrios estructurales— en lugar de tratarlas como tabúes.
En última instancia, Davos 2026 no ofreció la ilusión de que el mundo pueda simplemente regresar a una era más benigna de globalización. Lo que sí ofreció fue una comprensión más clara de lo que hoy exige la cooperación. Si la economía global está, en efecto, “encontrando el camino como el agua”, su rumbo dependerá de si los principales actores están dispuestos a demostrar —mediante decisiones concretas y responsabilidad compartida— que la cooperación sigue siendo no solo deseable, sino posible.
NOTA: ESTA ES UNA COLABORACIÓN CON CGTN.

