Me tomó por sorpresa. Siempre fue cordial conmigo. Más, cuando llegaba a casa, me movía la cola, inclinaba la testa con humildad y dejaba que le hiciera cariño.

Ese día, que les cuento, lo vi impávido sentado como vigilando. Su actitud fue de atención y sin saber por qué, subí los hombros, como si supiera que me entendía. Levantó una ceja, movió los ojos indicándome hacia donde yo, debería tener cuidado. Nos comprendimos. Di paso atrás y salí de casa, llamé a Silvia, quien me dijo que si entraba a la casa, me tiraría la computadora en la cabeza.

En ese momento supe que los perros se comunican con sus amos, por telepatía.

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